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Los que esperaron…

Por Dr. Hernán Lillo Nilo.

Fueron  6.744 fallecidos. Cifra impresionante y que nos conmovió. Pero ya es noticia del pasado, como ocurre algunas horas después del término de un fin de semana largo con los fallecidos. Nos acostumbramos a todo y “miramos sentados como se hace el mal”.

Según la noticia, “en esos fallecimientos podría existir relación con haber estado en lista de espera”. Es una afirmación sin mucho análisis porque es muy difícil llegar a esa conclusión. Puede que en algunos casos el paciente estaba   en lista de espera por una patología y en el intertanto fue aquejado por otra patología intercurrente que fuera la causante del fallecimiento, entre otras circunstancias.

De todas maneras, es una cifra que nos asombra y nos preocupa profundamente, como médicos y como ciudadanos. Que  ocurra este hecho y no haya provocado mayor repercusión social.

Como primera reacción, representa un doloroso y gravísimo fenómeno ético-social y demuestra un fracaso de la gestión del Estado en esta área fundamental de la vida de un país. Provoca una reacción política, como siempre en nuestra dañada psicología  social.

En la misma columna de la noticia, separada y destacadamente se escribe: “PRESENTACIÓN. La Comisión de Salud de la Cámara citará a la Ministro Castillo a explicar estos datos”. Manoseada actitud de nuestro dañado ejercicio del valioso significado y de la imagen de la política a través de los siglos. Siempre estas decisiones se originan en las mentes y dañados  espíritus de los opositores, intentando sacar provechos insignificantes.

Estas actitudes de baja categoría humana no mitigan, no reparan, no compensan el dolor, la pena, la angustia de tantas familias.

Esta situación es provocada por la decisión de varios gobiernos, desde la funesta dictadura, que decidió que los pilares fundamentales de sustentación de una nación, como son la educación y la salud se transformaran en fuentes de lucro para algunos sectores de la comunidad. Ambas fueron dañadas profundamente y deterioraron su gestión. La más dañada fue la de la salud empezando la limitación de sus presupuestos y a recurrirse a la gestión privada que se ha ido enriqueciendo en forma impresionante con la creación de  enormes empresas y ganancias.

Los políticos, constituyentes de varios gobiernos y parlamentos, deben reflexionar ética y profundamente sobre la responsabilidad que deben asumir frente al deterioro de la salud pública gravemente endeudada de la carísima empresa privada, que aumenta las cuantiosas ganancias del lucro de hoy día.

Ellos o ellas, durante estos largos años de democracia restringida, miembros de gobiernos y parlamentarios adeptos u opositores no se preocuparon ni participaron en planes o legislación para mejorar la calidad de la salud  para que los servicios llegaran a más ciudadanos o a todos. Desde sus bancadas en el parlamento observaron cómo se deterioraba la salud pública y cómo se enriquecían sus empresarios privados. ¿La solución es una citación de la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados?

Sus causas y sus soluciones las sabemos los que prestamos esos servicios. Los sucesivos gobiernos, sus políticos parlamentarios y los opositores, no han actuado con eficacia, prontitud, seriedad, objetivos superiores, responsabilidad, decisión y solidaridad y hoy hacemos noticia nacional y tal vez internacional, de la muerte de 6.744 conciudadanos por la incapacidad de un abandonado sistema nacional de salud.

Tuvimos, brindamos y aplicamos con éxito salud gratis y de buena calidad  cuando éramos un país modesto, y muchos jóvenes de América llegaron a nuestras aulas universitarias y a nuestros hospitales a formarse como médicos.

Los políticos de diversas ideologías y doctrinas utilizaron sus capacidades, sus influencias, su sentido del bien común. En 1952, Salvador Allende, Exequiel González Cortés, Jorge  Mardones Restat, Eduardo Cruz Coke S. y destacados   médicos de los servicios de salud y algunos profesores de  la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, varios de ellos parlamentarios,   lograron aprobar por unanimidad y promulgar  la Ley 10.383 que creó el Servicio Nacional de Salud, que fue el organismo estatal y autoridad central de prestaciones y acciones  de  salud pública en forma gratuita.

Tenemos el ejemplo de muchos países donde el Estado ha asumido con responsabilidad y éxito este deber esencial de brindar a cada ciudadano atención de salud eficaz, oportuna y gratis.

Según información de la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.) hay decenas de países, de distintos  niveles  de desarrollo  socio-económico-cultural,  que hoy ofrecen atención de salud gratis, directamente financiada por el Estado o a través de seguros estatales. Son más de una veintena con buenos resultados. Agrega además la OMS que la cobertura sanitaria universal es “un objetivo político compartido por la mayoría de los países”, pero pocos lo han logrado. Toma a Tailandia como ejemplo de un país de bajos o medianos ingresos que ha podido extender su cobertura de salud a todos los ciudadanos.  En Estados Unidos, la Corte Suprema confirmó la reforma de salud de Barack Obama  con lo que el gobierno podrá ofrecer cuidado médico a hasta 30 millones de personas en ese país. En España su sistema de salud es gratuito y universal para cualquier residente del país, legal o ilegal, así como para turistas y visitantes.  Un cuñado fue operado de un cáncer  gástrico no siendo ciudadano español. Toda la atención, en digno hospital, fue gratis. Hasta las zapatillas de levantarse…

En nuestro país ha habido parciales y perjudiciales cambios. La “alcaldización” de la atención primaria, provocando que la calidad de esa salud dependa de la capacidad económica y la decisión del alcalde.   Se rompe e interrumpe la continuidad de la atención primaria y hospitalaria y se mantienen las carencias de médicos de zona, médicos familiares, especialistas a nivel de atención primaria mientras las patologías se prolongan y se agravan aumentando todos los costos. En nuestro país no ha habido decisión de  conceptuar en el sentido  que la salud es un deber del estado. Esto explica la indiferencia de los sucesivos gobiernos de nuestra restringida democracia. Los en servicio, sus ministros, sus autoridades superiores, sus parlamentarios y sus opositores no han asumido profundamente este concepto y su responsabilidad asumida por decisión del ciudadano. Siempre ha imperado el minúsculo interés partidario.

Esperamos que este problema se conduzca juiciosa, seria, profunda, amplia y responsablemente como el del aborto y que se repita lo que ocurrió en los años 1950 y 1952 en que el esfuerzo mancomunado  bondadoso, no egoísta y superior a los intereses partidistas, permitió la  creación del Servicio Nacional de Salud tan útil y exitoso por tantas decenas de años. Muchas consecuencias dañinas del estado actual. La última, los 6.744  que esperaron.-

Dr. Hernán Lillo Nilo médico traumatólogo, fundador de la Acción de Convergencia Cívica. Acción de Convergencia Cívica
Dr. Hernán Lillo Nilo, médico traumatólogo, fundador de la Acción de Convergencia Cívica.

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